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“Ella quedó adelante… yo no: cómo nacen las rivalidades en la danza”

En una escuela de danza conviven sueños, personalidades, talentos, inseguridades y expectativas muy diferentes. Hay niñas que aprenden rápidamente una coreografía y otras que necesitan repetirla muchas veces. Algunas tienen una flexibilidad extraordinaria, otras poseen una musicalidad especial. Algunas parecen haber nacido cómodas sobre un escenario, mientras otras construyen esa seguridad poco a poco. Hay quienes reciben papeles principales, quienes permanecen durante meses en una segunda línea y quienes, después de mucho trabajo, finalmente consiguen ese lugar que llevaban tanto tiempo esperando.

En medio de todas esas diferencias aparece casi inevitablemente la comparación.

“Ella gira mejor que yo”.

“¿Por qué la pusieron adelante y a mí atrás?”

“Ella siempre gana”.

“Yo entreno más horas”.

“La profesora la prefiere”.

“¿Por qué mi hija no fue seleccionada si baila mejor?”

Compararse es profundamente humano y, en cierta medida, también forma parte del aprendizaje. Observar a alguien que realiza algo que todavía no dominamos puede inspirarnos, mostrarnos posibilidades y despertar nuestras ganas de mejorar. El problema comienza cuando la comparación deja de responder a la pregunta “¿qué puedo aprender de ella?” y empieza a convertirse en “¿qué tiene ella que yo no tengo?”.

Allí puede nacer una rivalidad mucho más difícil de manejar.

Y aunque solemos pensar que estas situaciones pertenecen exclusivamente al mundo de las niñas y adolescentes, la realidad es que las rivalidades dentro de una escuela de danza pocas veces se construyen únicamente entre alumnas. Los adultos también participamos en ellas. A veces sin darnos cuenta, padres, madres, maestras y directoras podemos alimentar pequeñas tensiones que terminan creciendo hasta afectar amistades, familias, equipos e incluso la cultura completa de una escuela.

Por eso, hablar de rivalidad en la danza no significa preguntarnos solamente cómo enseñarles a las niñas a competir sanamente. También implica observar qué estamos haciendo los adultos alrededor de ellas.

La comparación comienza mucho antes de una competencia

No hace falta llegar a un campeonato para que una bailarina comience a compararse.

Sucede frente al espejo durante una clase. Cuando una compañera consigue levantar más la pierna. Cuando alguien recibe una corrección positiva. Cuando la maestra cambia una posición dentro de la coreografía. Cuando se anuncia quién tendrá el solo. Cuando llega una estudiante nueva con un nivel técnico avanzado. Cuando se publican fotografías en las redes sociales de la academia. Cuando unas niñas son seleccionadas para determinado grupo y otras no.

En una disciplina tan visual como la danza, las diferencias son particularmente visibles.

Además, durante la infancia y la adolescencia todavía se está construyendo una parte importante de la identidad. Una niña no siempre tiene las herramientas emocionales necesarias para separar una decisión artística de una valoración personal. Puede escuchar “esta vez el solo será para otra compañera” y traducir internamente ese mensaje como “ella es mejor que yo” o incluso “yo no soy suficientemente buena”.

Por eso la respuesta de los adultos resulta tan importante.

Una decepción puede convertirse en aprendizaje cuando encuentra acompañamiento. Pero también puede transformarse en resentimiento cuando encuentra a un adulto dispuesto a confirmar inmediatamente la interpretación más dolorosa.

Imaginemos que una niña llega a casa molesta porque no quedó en primera fila.

Puede escuchar:

“Seguro la profesora tiene sus favoritas”.

O puede escuchar:

“Entiendo que estés decepcionada porque querías mucho ese lugar. ¿Qué crees que necesitas trabajar para acercarte a él?”

La situación es exactamente la misma.

Lo que cambia es la historia que estamos ayudando a construir alrededor de ella.

Cuando los padres entramos también en competencia

Es comprensible que los padres quieran proteger a sus hijos. Después de acompañar entrenamientos, pagar clases, organizar horarios, llevarlas a ensayos y observar cuánto esfuerzo realizan, resulta difícil permanecer completamente neutrales cuando aparece una decepción.

Pero defender emocionalmente a nuestros hijos no significa necesariamente confirmar todas sus percepciones.

Existe una diferencia enorme entre escuchar a una niña que se siente frustrada y convertir inmediatamente esa frustración en una acusación contra la escuela, la profesora o una compañera.

A veces los adultos comenzamos a llevar una especie de contabilidad invisible:

“Mi hija ha ganado más competencias”.

“La otra niña falta mucho y aun así la ponen adelante”.

“Nosotros llevamos más años en la academia”.

“Mi hija tiene mejor técnica”.

“Siempre llaman a las mismas”.

Sin quererlo, comenzamos a mirar el proceso artístico desde una lógica de posiciones, premios y reconocimiento. Y las niñas escuchan mucho más de lo que pensamos.

Una conversación aparentemente inocente entre padres puede modificar la manera en que una niña mira a su compañera al día siguiente.

La niña que ayer era su amiga puede convertirse repentinamente en “la favorita de la profesora”.

La compañera que consiguió un solo deja de ser alguien a quien felicitar y pasa a representar aquello que ella considera que le quitaron.

Uno de los aprendizajes más valiosos que una familia puede ofrecer a una bailarina es enseñarle que el éxito de otra persona no constituye automáticamente una pérdida propia.

Que otra niña avance no significa que ella esté retrocediendo.

Que otra gane no significa que ella haya fracasado.

Que otra tenga una habilidad extraordinaria no disminuye las capacidades que ella está desarrollando.

Parece sencillo decirlo, pero aprender realmente esta idea puede transformar no solamente su experiencia dentro de la danza, sino muchas otras relaciones que tendrá durante su vida.

El delicado papel de las maestras

Las maestras de danza ocupan una posición particularmente poderosa en esta dinámica porque muchas veces son ellas quienes toman decisiones que las alumnas interpretan como una jerarquía de valor.

Quién va adelante.

Quién recibe el solo.

Quién representa a la escuela.

Quién cambia de nivel.

Quién recibe una beca.

Quién participa en determinada coreografía.

Estas decisiones forman parte natural del trabajo artístico y pedagógico. No todas las niñas pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar y no todas están preparadas para asumir las mismas responsabilidades en el mismo momento.

El problema no está necesariamente en diferenciar.

Está en cómo se explica esa diferencia.

Cuando los criterios parecen completamente misteriosos, la imaginación llena los espacios vacíos. Y normalmente lo hace con historias relacionadas con favoritismos, injusticias o preferencias personales.

Por eso una cultura pedagógica saludable necesita combinar exigencia con claridad.

Una alumna debería poder comprender que no recibir determinado papel hoy no significa que exista una sentencia definitiva sobre su talento. Necesita saber qué puede trabajar, qué fortalezas ya posee y qué habilidades necesita desarrollar.

También es importante cuidar la manera en que se utilizan las comparaciones durante las clases.

Existe una diferencia entre decir:

“Observen cómo Sofía está sosteniendo la postura; fíjense en la alineación”.

Y decir:

“¿Por qué ustedes no pueden hacerlo como Sofía?”

En el primer caso utilizamos un ejemplo técnico.

En el segundo estamos construyendo una jerarquía emocional.

Cuando una misma alumna es utilizada constantemente como medida del desempeño de todas las demás, incluso ella puede terminar atrapada en una posición incómoda. Aparece presión por mantener el lugar, miedo a equivocarse y, en algunos casos, distancia con sus compañeras.

Las “favoritas” tampoco necesariamente viven una experiencia sencilla.

La rivalidad también puede esconder miedo

Detrás de muchos conflictos entre bailarinas existe algo menos evidente que la arrogancia o los celos: miedo.

Miedo a perder el lugar.

Miedo a dejar de ser especial.

Miedo a decepcionar a los padres.

Miedo a que llegue alguien mejor.

Miedo a no avanzar suficientemente rápido.

Miedo a quedarse atrás.

Una niña que durante años ha sido reconocida como una de las mejores de su grupo puede sentirse profundamente amenazada cuando llega una nueva estudiante con grandes habilidades. Desde afuera podríamos interpretar su comportamiento como hostilidad, pero internamente quizá esté enfrentando una pregunta mucho más vulnerable:

“Si ella es buena, ¿yo sigo siendo valiosa?”

Por eso castigar únicamente la conducta sin comprender lo que existe detrás puede quedarse corto.

Necesitamos enseñar algo mucho más profundo: el talento de los demás no amenaza nuestra identidad.

Una bailarina segura puede admirar a otra.

Puede felicitarla.

Puede aprender de ella.

Puede incluso perder frente a ella y continuar reconociendo su propio valor.

Esa seguridad emocional no aparece espontáneamente. Se construye durante años y los adultos que rodean a una niña tienen muchísimo que ver con esa construcción.

Competir no es el problema

Sería poco realista intentar eliminar completamente la competencia de la danza.

Especialmente cuando hablamos de equipos competitivos, audiciones, campeonatos y procesos de selección.

La competencia puede ser extraordinariamente formativa. Enseña disciplina, preparación, manejo de presión, perseverancia y capacidad para enfrentar resultados que no siempre coinciden con nuestras expectativas.

El objetivo, entonces, no debería ser criar bailarinas que nunca se comparen ni compitan, sino enseñarles qué hacer emocionalmente cuando ocurre.

Podemos ayudarles a pasar de:

“Quiero que ella falle para que yo gane”

a:

“Quiero prepararme lo suficiente para dar mi mejor presentación”.

De:

“Ella tiene algo que yo nunca tendré”

a:

“Ella tiene una fortaleza que puedo observar y de la que quizá pueda aprender”.

De:

“Si no quedé adelante significa que no soy buena”

a:

“Esta decisión me muestra que todavía existen cosas que puedo desarrollar”.

Ese cambio parece pequeño, pero modifica completamente la experiencia competitiva.

Porque entonces la rival deja de ser una amenaza y puede convertirse en una referencia.

Las directoras construyen la cultura donde todo esto sucede

Hay rivalidades individuales que aparecen naturalmente en cualquier grupo. Pero cuando las comparaciones, los rumores, los favoritismos percibidos y los conflictos se vuelven permanentes, quizá sea necesario mirar más allá de las personas involucradas y preguntarse qué está ocurriendo con la cultura de la escuela.

Las directoras tienen la posibilidad de construir un entorno donde la excelencia no esté enfrentada con el compañerismo.

Esto comienza con decisiones aparentemente pequeñas.

Cómo se comunican las selecciones. Cómo se manejan las inconformidades de las familias. Cómo se habla de los resultados de una competencia. Cómo se reconoce el progreso. Cómo se responde ante comentarios destructivos. Cómo se manejan los conflictos entre alumnas. Cómo se habla de otras escuelas.

Este último punto merece especial atención.

Una escuela que quiere enseñar competencia saludable necesita modelarla también institucionalmente.

Si constantemente hablamos negativamente de otras academias, desacreditamos sus resultados o convertimos cada campeonato en una guerra entre escuelas, será muy difícil pedirles a las niñas que comprendan la competencia de otra manera.

Podemos querer ganar y respetar profundamente a quienes compiten con nosotros.

Podemos celebrar nuestro resultado y reconocer el trabajo extraordinario de otro equipo.

Podemos perder sin buscar inmediatamente una explicación que desacredite al ganador.

Eso también es educación.

No todas las niñas avanzarán al mismo ritmo

Una de las fuentes más frecuentes de comparación es esperar que procesos diferentes produzcan resultados idénticos.

Dos niñas pueden comenzar danza el mismo día, recibir las mismas clases y entrenar exactamente el mismo número de horas, y aun así evolucionar de maneras completamente diferentes.

Una puede desarrollar rápidamente flexibilidad y tardar más en adquirir fuerza. Otra puede tener una musicalidad extraordinaria pero necesitar años para construir seguridad escénica. Otra puede progresar lentamente durante mucho tiempo y experimentar después un avance enorme.

El desarrollo artístico no es lineal.

Por eso resulta peligroso utilizar constantemente a otra niña como unidad de medida:

“A tu edad, ella ya hacía esto”.

“Ella comenzó después que tú y ya está en otro nivel”.

“Tu hermana a esa edad ya competía”.

Aunque el objetivo sea motivar, muchas veces el mensaje que recibe la niña es diferente: “como eres hoy no es suficiente”.

Una comparación mucho más saludable consiste en mirar hacia atrás y preguntarse:

“¿Qué puedes hacer hoy que hace seis meses no podías?”

Cuando una bailarina aprende a observar su propio progreso, la necesidad de medir permanentemente su valor frente a los demás comienza a disminuir.

Cuando el conflicto ya existe

Habrá momentos en que, a pesar de todos los esfuerzos, aparecerán rivalidades difíciles.

Puede haber comentarios hirientes, exclusiones, grupos enfrentados, rumores o discusiones entre familias.

En esos momentos es importante no minimizar lo que ocurre, pero tampoco convertir inmediatamente cada desacuerdo en una crisis gigantesca.

Primero necesitamos entender.

¿Qué sucedió realmente?

¿Qué parte conocemos directamente y qué parte llegó a través de terceros?

¿Estamos frente a una situación puntual o ante un patrón repetido?

¿Existe un problema entre las niñas o los adultos hemos comenzado a amplificarlo?

Las conversaciones difíciles funcionan mejor cuando buscan soluciones y no culpables.

Una familia puede expresar una preocupación sin atacar a otra niña. Una maestra puede corregir una conducta sin etiquetar a una alumna. Una directora puede establecer límites sin convertir un conflicto en un juicio público.

Y, sobre todo, debemos evitar resolver nuestras diferencias adultas utilizando a las niñas como mensajeras.

Cuando los adultos tienen un problema, deben hablar entre adultos.

El verdadero equipo se construye cuando hay espacio para muchas formas de brillar

Una de las paradojas más hermosas de la danza grupal es que necesita individualidad y sincronía al mismo tiempo.

Necesitamos bailarinas fuertes, seguras, disciplinadas y capaces de desarrollar su propio potencial. Pero también necesitamos personas capaces de escuchar, adaptarse, confiar y comprender que forman parte de algo mayor.

Una coreografía extraordinaria no se construye con veinte niñas intentando demostrar individualmente que son mejores que las demás.

Se construye cuando cada una entiende qué aporta.

Por eso quizá una de las conversaciones más importantes que podemos tener con nuestras bailarinas sea enseñarles que no necesitan apagar la luz de alguien más para que la propia pueda verse.

Habrá compañeras mejores en determinados aspectos.

Habrá niñas que recibirán oportunidades antes.

Habrá derrotas que dolerán.

Habrá decisiones que no entenderán inmediatamente.

Habrá momentos en que sentirán celos, frustración o inseguridad.

Nada de eso las convierte en malas compañeras. Son emociones humanas.

Lo verdaderamente importante es qué aprenden a hacer con ellas.

La danza también está formando la manera en que se relacionarán con otras mujeres

Tal vez este sea uno de los aspectos más profundos de esta conversación.

Las niñas que hoy comparten una barra, un camerino y un escenario están aprendiendo mucho más que técnica.

Están construyendo una idea sobre lo que significa convivir con otras niñas y, posteriormente, con otras mujeres.

Podemos enseñarles que otra mujer talentosa representa una amenaza.

O podemos enseñarles que puede ser inspiración, compañera, amiga, maestra y aliada.

Podemos enseñarles a sospechar del éxito ajeno.

O podemos enseñarles a celebrarlo sin sentir que disminuye el propio.

Podemos enseñarles que solamente existe espacio para una.

O mostrarles que el crecimiento de una comunidad ocurre precisamente cuando existen muchas personas capaces de brillar.

Para lograrlo, sin embargo, necesitamos revisar también nuestras propias conductas como adultos.

Los padres tendremos que preguntarnos cómo hablamos de otras niñas cuando nuestras hijas están escuchando. Las maestras tendrán que observar cómo reconocen el talento y cómo comunican sus decisiones. Las directoras tendrán que cuidar la cultura que se construye alrededor del éxito, las competencias y los resultados.

Porque las niñas aprenderán mucho más de aquello que nos ven hacer que de cualquier discurso sobre compañerismo.

Al final, ¿contra quién estamos compitiendo?

Quizá la rivalidad más productiva que podemos enseñar dentro de una escuela de danza sea aquella que cada bailarina mantiene con su propia versión anterior.

No se trata de eliminar la ambición.

Queremos niñas que quieran mejorar.

Que sueñen con ganar.

Que quieran conseguir ese solo.

Que trabajen para llegar a primera fila.

Que tengan metas enormes.

Pero queremos que comprendan que alcanzar esas metas no requiere destruir emocionalmente a quien está intentando conseguirlas también.

La competencia saludable dice:

“Quiero llegar más lejos.”

La rivalidad destructiva dice:

“Necesito que tú llegues menos lejos para sentir que yo avancé.”

La diferencia entre ambas puede parecer pequeña cuando las niñas son jóvenes, pero puede acompañarlas durante toda la vida.

Por eso las escuelas de danza tienen una oportunidad educativa extraordinaria.

Cada ensayo, cada audición, cada selección, cada campeonato y cada resultado puede convertirse en un espacio para enseñarles a convivir con personas talentosas sin sentirse amenazadas, a enfrentar la frustración sin convertirla en resentimiento, a admirar sin sentirse inferiores y a perseguir sus propias metas sin necesitar disminuir a los demás.

Quizá dentro de algunos años nuestras bailarinas no recuerden exactamente quién estuvo en primera fila en determinada coreografía.

Tal vez olviden quién obtuvo aquel solo.

Probablemente muchas ni siquiera recuerden el puntaje de aquella competencia que hoy parece tan importante.

Pero sí recordarán cómo se sintieron creciendo dentro de ese equipo.

Recordarán quién celebró sus logros.

Quién estuvo a su lado cuando perdieron.

Quién las hizo sentir que tenían un lugar incluso cuando no eran las mejores.

Y posiblemente descubrirán que una de las lecciones más importantes que recibieron dentro de una escuela de danza no tuvo que ver con aprender a competir.

Tuvo que ver con aprender a crecer al lado de personas que también estaban creciendo.

Porque formar buenas bailarinas es importante.

Pero formar niñas capaces de reconocer el valor propio sin disminuir el valor de las demás puede ser uno de los legados más hermosos que la danza les deje.